lunes, diciembre 17, 2007

el juego

Allí, sentadita bajo el árbol, parece parte de un cuadro de grandes dimensiones. Los efectos de la luz la vuelven un tanto incierta, a veces, sombría. Su sillita de plástico está remendada y tienen más años que ella sus chancletitas rosadas; pero nada le importa, porque aprieta, con un amor materno que ensaya, a su bebe de plástico contra el pecho. Cargada con su pequeño (el muñeco tiene el pelo amarillo e hirsuto, el de ella es negro), su cartera y algunas bolsas hace un viaje imaginario hacia el trabajo, previo pasaje por la guardería, claro. Se sienta en la silla y pone cara de qué alivio mientras acomoda las cosas y comenta, como si hubiese otra mujer a su lado, lo bien que se porta el niño y, por supuesto, apenas termina de decirlo el muñeco irrumpe en llanto. Entonces lo consuela, lo acuna. Explica que siempre dan un poco de trabajo, que todo lo que hay que moverse. Lo mima con una ternura un poco quejosa y ruda que, en el juego y de a poco, parece calmar al niño que, sin embargo, vuelve a agitarse. En su cara aparece la preocupación por la demora, por el apuro, por el peso que soporta su brazo derecho y también su izquierdo. Al fin, canta una canción, bajito y a modo de canción de cuna: Solo y triste me refugio en mi guarida, con un vino estoy calmando mi dolor, te gusta? le dice al muñeco, mientras lo besa y sigue … sin embargo yo segui dandole duro sin pensar q por drogon te iba a perder, vos te fuiste con tu madre para el chaco y en la villa sin tu amor yo me quede”. Y mientras el sol va pintando luces y sombras en la escena, ella, con certeras pinceladas, va pintando la crudeza de lo real en las dimensiones de su juego.

miércoles, diciembre 12, 2007

el 106 viene lleno

Son cinco. Parecen aburridos y son, seguramente, marineros. Chinos. Indistinguibles entre sí, se diferencian apenas por la edad o por el matiz casi invisible de alguna expresión distinta. Están allí los cinco. Sentados, uno al lado del otro, en ese barcito feo y absurdo incrustado en la vidriera de ta–ta, que los deja de frente a la avenida. Y allí permanecen sus cuerpos y sus caras, como mirando por la borda. Tomando coca-cola. Hay algo de vulgar en todo lo que pasa. Hay algo de común y sabido en la corriente tranquila e intranquila de los cuerpos, los autos, los ómnibus. Y también en la pobreza que a veces se recuesta en un rincón y también mira. Los chinos, detrás del ventanal, miran. Y su mirada es parte del paisaje. El paisaje casi quieto de movimiento imperceptible; así como se mueven sus ojos cuando siguen la trayectoria de algo. Tal vez no se vea nada, nada que recordar. Adentro y afuera es lo mismo; solo gente, gente, gente. Uniformidad sin esperanza. Un golpe de viento rejunta bolsas, polvo, colores, empaques, marcas. Flotan un poco, como parte de un paisaje desesperadamente urbano, mezclados, tal vez, en una mixtura invisible, con los deseos que despiertan. Los deseos que toca el viento cuando se descubre que viene de algún lugar y va hacia otro. Que pasa por un cuerpo. Que se siente. Que se puede huir. Los cuerpos caminan a favor o en contra. Una mujer se apura. El vestido se aprieta contra ella y la oculta y la muestra. Flota el remolino de su falda y también su pelo se mueve para atrás. Los cinco chinos la miran y la siguen con la vista. Una más, así de igual y de distinta. En la vereda todo pasa. Se aquietan el polvo, las bolsas, las marcas, los colores, las polleras, pero en las mujeres queda una ilusión de intimidad. Alguna se acomoda el pelo y mira. El 106 viene lleno. Se cruza con otro que va vacío. Los cinco chinos, acaso sin darse cuenta, asisten, mirándolos pasar, al espectáculo de una continuidad sin esperanza.

lunes, noviembre 26, 2007

un día cualquiera

Son las 8 AM en Cuareim entre 18 y Colonia y el tipo está en su mundo, en la isla de su propia condición, sentado en la vereda. No lo habrá hecho él, pero tiene sobre sus piernas un contenedor gris (de los chiquitos) arrancado de cuajo del mobiliario urbano y lo va vaciando como si estuviera en un picnic. Y tira de una punta y algo sale, un papel que parece una servilleta sucia, manchada, usada. Carcomida, de la fiesta de anteayer o de antes, como la mano que tira y ambas imágenes salieran del fondo de un bolsillo, una cartera. La mano y el papel un mismo deshecho que otra mano arroja en la basura pública. Pero no, no. No es algo que podría haber quedado en un bolsillo después de una fiesta, es un tipo sentado en la vereda revolviendo la basura de todos en su propia y particular mesa. Una imagen imposible, aunque cierta. Tan cierta como el hambre que se extiende a la comida, el hambre que se extiende un poco más hasta el alimento inalcanzable. El alimento, el pan que falta cada día. El hambre sin sobra y sin comida es un hombre que, estilizadamente, porque su gesto es estilizado y tiene la precisión de la locura, arroja a la vereda los pedacitos raídos de su empeño, la basura, los deshechos.

viernes, noviembre 16, 2007

palabras enormes y tanta miseria

Se retrae como quien ve venir una piña. No hay palabras que puedan decir tanta crudeza y tampoco sabría decir por qué es tan crudo verla. Ni si le pasaría a todos. Para ella es un golpe hecho mujer que camina por la calle Bartolomé Mitre y se le acerca, tan marcada, tan necesitada, mendiga de una juventud que a fuerza de su poco uso es terminal y breve. La ve venir y se retrae, trata de zafar porque de verdad no quiere oír. No la soporta. Ni siquiera verla. No quiere. Al fin se rinde. Después de todo el golpe ya lo dio con su mera presencia. Será que otra vez es un fantasma, será que se distingue del resto de los miserables porque en algún punto, aunque también se impone una distancia, se parece más a quienes no lo son. Podría ser ella o su hijo o su amiga del alma o su hermana o tal vez una conocida o una ex compañera de escuela, por ejemplo, o de liceo. La atiende y le oye decir “no tengas miedo, yo jamás te haría daño”. Miedo, yo, jamás, daño… Palabras enormes y tanta miseria.

lunes, noviembre 05, 2007

tres gorriones, dos palomas, dos gallinas

Fue hoy, el día después de la tormenta, cuando fueron a la rambla y encontraron los pajaritos muertos, tres gorriones con el pecho alzado al cielo, dos palomas, dos gallinas rodeadas de maíz. Ayer ella vio en la vereda dos pies descalzos, apoyados, tirados así nomás, medio derrotados. Y los pies continuaban en una mujer parecida a ellos. A esos pies descalzos en la vereda. Y después de todo, ¿qué problema? Si la mujer estaba ahí tomando mate, esperando que abrieran la puerta del refugio en mercedes entre yi y cuareim, rodeada de otras tantas parecidas. Pero sus pies eran algo único y vencido. Y ahora que ve los pájaros recuerda su forma brutal y sola, como de cosa abandonada o pajarito muerto, relámpago de soledad, tal vez, o tal vez nada. Más tarde, cuando llegan a la casa él se sienta frente a ella. Ella lo mira un ratito (siente ternura ante su rostro que le es tan conocido) y después levanta los pies y los apoya en sus piernas Uno en cada pierna. Él los toma con sus manos y les hace masajes, así, despacito, empieza por las puntas, el empeine, los tobillos y de nuevo las puntas. Así y así, de la forma en que sabe él a ella le gusta, mientras los pies se deslizan quietos, porque de esa manera, quietamente, se deslizan hacia el centro y allí presionan, suaves. Él mantiene los ojos cerrados. Ella mira. Siente sus pies entre esas manos. Los ve dejar su huella en el cuerpo del hombre. Los ve entre esas manos que van extendiendo las caricias, los ve continuarse en ella, una mujer estremecida, pero seguro puede ser también un pajarito muerto, una figurita inerme y repetida, tres gorriones, dos palomas, dos gallinas. Él abre los ojos y la mira. Una mujer que se abandona en una vuelta cualquiera de la vida.

viernes, noviembre 02, 2007

taconeando

Últimamente le pasa eso que se llama insomnio. A veces se viste y sale a caminar de madrugada, en la ciudad distinta. La ciudad de oscuros y vacíos. O casi. Y el casi es un momento de mayor indecisión, de mayor peligro, pero no siempre; a veces ni los perros aparecen en la cita. En esa cita que tan siquiera es consigo misma. Con nadie. Con el simple afán de atravesar el espejo, de pasar al otro lado, dejar el vidrio para atrás, las apariencias, el azogue. Y poder ver, aunque sea lo mismo, de forma diferente. Claro que eso le puede traer algún problema, sobre todo ahora que se puso los zapatitos que le regaló su amiga. Son unos zapatitos tipo minnie con un taquito cómodo para caminar. Son nuevos o casi, pero a su amiga le quedaron chicos y aunque a ella, un poco grandes; le parece que no tanto y después de todo tampoco va a caminar demasiado. Lo que sí recién ahora se da cuenta, es que los tacos son ruidosos. Un poquito, es cierto, pero en el silencio nocturno parecen tambores redoblados. Y los pobres también duermen y a veces duermen de noche y en la calle y lo que pasa sobre el cordón repercute en las paredes. Al final termina sintiéndose extranjera. O casi. Percibe una manta apretada contra una pared, un rebujo apretado de mugre, un nylon que se mueve, un perro en un revoltijo de dos, tres con él. Un par de cuadras más y otro bulto. Lo hurga un poquito con los ojos, pero no demasiado. Es un hombre. Joven. Ahí nomás. Tirado. Ofrece al cielo su cara, su indigencia, su vigor masculino, probablemente en un letargo que no permitiría nada, pero igual si así no fuese está solo y no hay nadie. Nadie que aproveche. Alguien parecida a ella, por ejemplo, que calzara unos heredados zapatitos de minnie y entonces el taconeo absurdo y redoblado podría ser otra cosa. En vez de un sonido en retirada, podría acercarse, por ejemplo, y ser parte de un lúbrico tam-tam entre indigentes. Vuelve al territorio uniforme de su casa caminando en puntas de pie, como una extraña. Se saca los zapatitos y suspira, cree que mañana va a tener ampollas. Y sí, solo ella camina con zapatitos que le quedan grandes, al fin los va a tener que dar. Si quiere seguir haciendo sus correrías nocturnas va a tener que invertir en championes… esconderse, disfrazarse. Tal vez lo mejor sea no salir más y armarse un escenario fantasmal en la cocina encendiendo las hornallas y bailar, sola y descalza, las peores canciones, pero enchufada al ipod para no molestar a nadie.

viernes, octubre 19, 2007

ecos

Si ella hubiese sido un hombre, como un gesto extremo de compasión, ahí mismo le hubiese encajado un beso en plena boca. Fue cuando la mujer sonrió y se dio cuenta de que le faltaba un diente. Hasta ese momento no lo había notado y todo era más o menos dulce. Más o menos. Porque la mina le rompió el ambiente uterino de macdonalds cuando se acercó a preguntarle ¿esto lo vas a dejar? Y bastó levantar la vista, mirarla, para saber que viene de un pasado mejor y que actualmente debe ser un eco de ese pasado. La ropa, por ejemplo, vieja, revieja, pero con pinta de haber sido buena en su momento y la propia mina, educada, de apariencia mantenida, con un grado cierto de resignación que le permite mostrar respeto por sí misma y sentarse a desayunar con ella, que después de mirarla decide pagarle un desayuno. No hay mucho tiempo para compartir y macdonalds de mañana es perfecto. Perfecto para limar las diferencias. Todavía no encendieron las luces infectocontagiosas ni pusieron las canciones que usan. En el edificio de enfrente un tipo limpia oficinas. Desde la penumbra y el silencio que las iguala lo miran y comentan. Y callan. Eso hasta que la mina dice, mirándole la mano, qué lindo anillo. Y ella lo mira y ve otra cosa. Ve un anillo menor que oficia de recuerdo. De recuerdo de otro. De otro anillo mayor. Mucho mayor; que una vez, cuando cumplió quince, le regaló su abuela. Un pellizco: un diamante, una perla y oro blanco. Ni siquiera recuerda si la perla era blanca o era negra, pero le parece que negra. El de ahora es como un eco, porque ese anillo mayor, como tantas otras cosas, le fue robado y nunca pudo reponerlo. Sonríe y dice sí, es lindo. Y piensa si yo fuese esta mujer estaría desesperada, perdida por quién sabe qué cielos, qué basuras, hurgando en qué respuestas. Pero la mina no, simplemente está ahí llenando el buche con parsimonia y valorando una belleza escasa que no le pertenece. Con el pulgar hace girar el anillo y oculta la piedra; así parece una alianza. Levanta la vista y mira el cielo y cree ver a la mina buscándose entre las nubes o en lugares tan extraños como pensiones o la propia calle o el hueco, el recoveco. Y jamás encontrar la respuesta. Pero tal vez no. Tal vez nunca sea así, sino más bien que todo sea como parece postular la mina misma con su modo tranquilo, ahí sentada, el suceder lento de la vida. Y de esa forma, así, de esa manera, porque viven donde viven y tienen el pasado que tienen, la mina se convierte en el eco de un futuro posible. En medio de sus pensamientos recuerda fugazmente la letra de guitarra negra: “pero por qué duele tanto, por qué duele qué parte de quién que es ella misma... tembló el marrón.... tembló el marronero...” (todo dolor es el mismo dolor, todas las vacas son la misma vaca y temblar funciona como un epicentro) Y sí, al final nunca se sabe dónde caerá el garrote, qué cuerpo se llenará de ecos. Se levanta, saca dinero, lo deja sobre la mesa y ante la mirada de la mina le dice “hoy por ti, mañana por mí”. Entonces, después de limpiarse los labios con la servilleta, la otra le sonríe y ahí nota que le falta un diente y lamenta de una manera horrible, de verdad, lamenta horriblemente no ser hombre para poder darle, por extrema compasión o extrema estupidez sentimental o extrema comprensión de que esa mina podría ser ella, algo más que dinero. Un beso en plena boca o en plena resignación o en el agujero negro del diente que le falta. Pero las dos son minas. No puede. Entonces, le devuelve la sonrisa con su dentadura perfecta (las mejores joyas que tuvo nunca, las mejores que se pueden tener y que nadie ni nada le ha robado) y le desea suerte. Sinceramente. También para vos, replica la otra. También sinceramente. En fin, el macmomento está lleno de ecos. Y con ese sentimiento, se va.

viernes, octubre 12, 2007

no quiere

Al fin, su aislamiento le da como un vértigo. No quiere que la miren ni que enciendan con deseo o interés su cara. Quiere estar sola, porque es la Diosa de un altar olvidado. Por eso sale con los ojos siempre bajos y con el mp4. Por 18 será apenas una fracción de carne en movimiento, una forma fugaz y pasajera entre otras tantas que perecen también casi inmediatamente. Solo que un tipo se empeña en rebotar contra ella y es como cuando en la orilla, una y otra vez, algo trae la marea y queda ahí a los pies. Por ejemplo algo así como un aguaviva quieta o mejor una madera venida quién sabe de dónde y para qué. Ella lo ignora, no lo percibe más que como una cuestión recurrente y extraña que, si bien no traspasa el umbral de su atención, de a poco termina por configurar una molestia, un ruido. En las cuadras que comparten (desde La Paponita hasta Tacuarembó) cada tanto se le acerca de tal modo que literalmente la frena y ella lo esquiva sin mirarlo. Debe ser un retardado, piensa, alguien con problemas neurológicos, pero ¿por qué se me pega? Lo mira de reojo y es raro, porque no se da cuenta, de verdad no se da cuenta de que la sigue y que lo único que quiere es conocerla. En la esquina de Tacuarembó cambia la luz y él se para a su izquierda, el maldito mp4 se calla y, en esa pausa, oye su voz decirle lo bonita que sos. Entonces, le cae la ficha a la vez que, por suerte, otra canción se inicia. Gira su cara hacia él y lo enfrenta, pero lo saltea inclinándose ligeramente hacia delante. Los focos en contra la iluminan mientras calibra sus posibilidades. Al fin, cruza rápida con la luz roja sin mirarlo siquiera un poquito. Y ahí le da el vértigo de su aislamiento, se siente ligeramente indefensa, expuesta, en peligro. ¿Se puede estar tan abstraída? ¿Se puede andar por este mundo, mientras más bien se anda por otro? ¿La puede seguir un tipo dos cuadras de manera tan demente y ella no darse cuenta de nada? Como un boomerang la escena vuelve a ella y la golpea donde más le duele (que es ella misma). No quiere que la miren, que la toquen, que le hablen. No quiere. No quiere. No quiere.

viernes, septiembre 14, 2007

tres momentos

Como un actor hasta entonces ignorado apareció de golpe en el escenario. Su sombra, encarnada en un miserable, se acercó a la mujer que caminaba. ¿Tenés unas monedas? ¡Ay! no tengo … dijo ella tan mentirosa, tan amable, tan llena de esa cortesía dadivosa y ligeramente imbécil. ¿Y un beso? pregunta el mugriento, con los ojos entrecerrados mientras hincha un poco labios y mejillas, como si fuera a inflar un globo, haciéndose el gracioso. Y lo es un poco, pero imperceptiblemente cambian las luces de la escena. Lo miró por un momento, dos momentos, tres. Tres momentos le fueron necesarios para darse cuenta. Y se sintió extraordinariamente cansada porque se vio morder con amargura el pan de su propia miseria. Y triste de verdad, muy triste y muy vencida, muy sola, inerme, amarga, desolada, le sonrió y dijo lo único cierto… no amigo, de ésos ya no me quedan. ¿Amigo? ¿Amigo?… así le dijo y por eso y por todo lo sentido fue una indigente más en la vereda. Después cada uno siguió su camino, cada quien siendo quien era. Pero la amargura quedó en su boca como una bacteria.

jueves, septiembre 13, 2007

falsa canguro

Lo lleva como falsa canguro y como falsa canguro se encorva por el peso. Es demasiado grande para la sillita de bebé, para el contacto estrecho. Aún así lo hace. Y mientras pueda lo seguirá haciendo, porque él es su mejor argumento. Cautivo del juego, el niño se revuelve, apoya las manitos en el pecho, empuja. Lo inmovilizan. Gira la cara hacia un lado y pretende, otra vez, separarse. Lo inmovilizan de nuevo. Toda vez que se mueve una fuerza mayor y contraria anula el efecto de su movimiento. Apretado, solloza. Solloza y lo aprietan. Al fin, se queda quieto. Sólo sus ojos se mueven mirando todo aquello que resulte pasajero. Mientras tanto la mujer reparte estampitas y pide con voz doliente: algo de enfermo, dice, algo de sola no puedo. Sí, algo de enfermo tiene toda la escena. Es una ola devastadora (como toda violencia) y, sin embargo, también es parte de una marea que insensiblemente todo lo anega.

martes, septiembre 11, 2007

la reina de la mugre

En la vereda, arrodillada al borde de las manchas de sangre, muestra al cielo la costra impenetrable de sus talones cuarteados. Cuarteados igual que el día, ahora. Ahora que murió el gato. El primer amanecer primaveral después de tanto frío. Enfiló, encorvada y reina de la mugre, por Durazno hasta que tropezó con la sangre y descubrió, oculto en un tragaluz al nivel de la vereda, un gato babeante, tembloroso, doliente, echado en el rincón donde sufrir. Sufrir, con humildad de bestia, sin saber qué está pasando. Sin saber, es cierto, pero ella ve en su mirada el dolor y la muerte, la sorpresa, la indefensión, el desconcierto. Parece que el gato preguntara y quiere protegerlo, lo agarra y lo aprieta contra su pecho. Quién sabe si fue al moverlo, pero el gato vomita y muere entre sus brazos. Así permanece un rato, arrodillada, abrazando el cuerpo vacío, sin saber bien por qué pasan las cosas. Pero hay en su mirada el dolor y la muerte, la sorpresa, la indefensión, el desconcierto.Y reza, reza con humildad de bestia. Pregunta mudamente con sus talones implorantes, implorando al cielo que venga Dios y la cuide a ella. Pero no hay Dios que le conteste. Y si lo hubiera, ella es la reina de la mugre. El vómito sólo son unas manchas más en su ropa negra.

viernes, septiembre 07, 2007

entre el cementerio y el mar

Podría estar ahí, entre el cementerio y el mar, como una ventana semiabierta entre dos mundos. Como parte del paisaje de la rambla. Como una cortina vencida por el viento. Podría ser joven o viejo. Podría ser un resto. Podría tener el alba en la cara y las manos rotas por la intemperie que habría tocado. Podría haberle partido la boca el calor del primer sol. Podría estar caído ahí mismo, insensible, de verdad, en el sopor absoluto del borracho. Pero; ¿dónde está y cómo reconocerlo? Ante la mirada sólo hay una escena y es la de su ausencia. Lo único visible es, antes o después del verde que sube o baja por la ladera del cementerio, una botella vacía prolijamente dejada en el murito y al lado, o un poco más lejos, en un hoyo, los zapatos. Dos zapatos de hombre. Despojados. Abandonados. Nada más. Muda, la escena se ofrece desolada.

un segundo de discovery

Es negra y musculosa. Camina por una calle encharcada sin veredas ni pasto: periferia montevideana miserable y pura. La pollera de cuero, negro y rugoso, la cubre perfectamente hasta terminar las nalgas. Parece de la misma piel que sus piernas, entonces anda vestida y desnuda. Quién sabe qué de su textura, entre el cuero de la pollera y el paisaje terroso, recuerda a la piel del rinoceronte. Debería resultar tan extremadamente barata como para ni siquiera llegar a puta, pero no. La distingue su aire animal. Es un aliento de vida salvaje. Un segundo de discovery, colándose por la ventanilla del ómnibus, en la realidad.