viernes, octubre 19, 2007

ecos

Si ella hubiese sido un hombre, como un gesto extremo de compasión, ahí mismo le hubiese encajado un beso en plena boca. Fue cuando la mujer sonrió y se dio cuenta de que le faltaba un diente. Hasta ese momento no lo había notado y todo era más o menos dulce. Más o menos. Porque la mina le rompió el ambiente uterino de macdonalds cuando se acercó a preguntarle ¿esto lo vas a dejar? Y bastó levantar la vista, mirarla, para saber que viene de un pasado mejor y que actualmente debe ser un eco de ese pasado. La ropa, por ejemplo, vieja, revieja, pero con pinta de haber sido buena en su momento y la propia mina, educada, de apariencia mantenida, con un grado cierto de resignación que le permite mostrar respeto por sí misma y sentarse a desayunar con ella, que después de mirarla decide pagarle un desayuno. No hay mucho tiempo para compartir y macdonalds de mañana es perfecto. Perfecto para limar las diferencias. Todavía no encendieron las luces infectocontagiosas ni pusieron las canciones que usan. En el edificio de enfrente un tipo limpia oficinas. Desde la penumbra y el silencio que las iguala lo miran y comentan. Y callan. Eso hasta que la mina dice, mirándole la mano, qué lindo anillo. Y ella lo mira y ve otra cosa. Ve un anillo menor que oficia de recuerdo. De recuerdo de otro. De otro anillo mayor. Mucho mayor; que una vez, cuando cumplió quince, le regaló su abuela. Un pellizco: un diamante, una perla y oro blanco. Ni siquiera recuerda si la perla era blanca o era negra, pero le parece que negra. El de ahora es como un eco, porque ese anillo mayor, como tantas otras cosas, le fue robado y nunca pudo reponerlo. Sonríe y dice sí, es lindo. Y piensa si yo fuese esta mujer estaría desesperada, perdida por quién sabe qué cielos, qué basuras, hurgando en qué respuestas. Pero la mina no, simplemente está ahí llenando el buche con parsimonia y valorando una belleza escasa que no le pertenece. Con el pulgar hace girar el anillo y oculta la piedra; así parece una alianza. Levanta la vista y mira el cielo y cree ver a la mina buscándose entre las nubes o en lugares tan extraños como pensiones o la propia calle o el hueco, el recoveco. Y jamás encontrar la respuesta. Pero tal vez no. Tal vez nunca sea así, sino más bien que todo sea como parece postular la mina misma con su modo tranquilo, ahí sentada, el suceder lento de la vida. Y de esa forma, así, de esa manera, porque viven donde viven y tienen el pasado que tienen, la mina se convierte en el eco de un futuro posible. En medio de sus pensamientos recuerda fugazmente la letra de guitarra negra: “pero por qué duele tanto, por qué duele qué parte de quién que es ella misma... tembló el marrón.... tembló el marronero...” (todo dolor es el mismo dolor, todas las vacas son la misma vaca y temblar funciona como un epicentro) Y sí, al final nunca se sabe dónde caerá el garrote, qué cuerpo se llenará de ecos. Se levanta, saca dinero, lo deja sobre la mesa y ante la mirada de la mina le dice “hoy por ti, mañana por mí”. Entonces, después de limpiarse los labios con la servilleta, la otra le sonríe y ahí nota que le falta un diente y lamenta de una manera horrible, de verdad, lamenta horriblemente no ser hombre para poder darle, por extrema compasión o extrema estupidez sentimental o extrema comprensión de que esa mina podría ser ella, algo más que dinero. Un beso en plena boca o en plena resignación o en el agujero negro del diente que le falta. Pero las dos son minas. No puede. Entonces, le devuelve la sonrisa con su dentadura perfecta (las mejores joyas que tuvo nunca, las mejores que se pueden tener y que nadie ni nada le ha robado) y le desea suerte. Sinceramente. También para vos, replica la otra. También sinceramente. En fin, el macmomento está lleno de ecos. Y con ese sentimiento, se va.

viernes, octubre 12, 2007

no quiere

Al fin, su aislamiento le da como un vértigo. No quiere que la miren ni que enciendan con deseo o interés su cara. Quiere estar sola, porque es la Diosa de un altar olvidado. Por eso sale con los ojos siempre bajos y con el mp4. Por 18 será apenas una fracción de carne en movimiento, una forma fugaz y pasajera entre otras tantas que perecen también casi inmediatamente. Solo que un tipo se empeña en rebotar contra ella y es como cuando en la orilla, una y otra vez, algo trae la marea y queda ahí a los pies. Por ejemplo algo así como un aguaviva quieta o mejor una madera venida quién sabe de dónde y para qué. Ella lo ignora, no lo percibe más que como una cuestión recurrente y extraña que, si bien no traspasa el umbral de su atención, de a poco termina por configurar una molestia, un ruido. En las cuadras que comparten (desde La Paponita hasta Tacuarembó) cada tanto se le acerca de tal modo que literalmente la frena y ella lo esquiva sin mirarlo. Debe ser un retardado, piensa, alguien con problemas neurológicos, pero ¿por qué se me pega? Lo mira de reojo y es raro, porque no se da cuenta, de verdad no se da cuenta de que la sigue y que lo único que quiere es conocerla. En la esquina de Tacuarembó cambia la luz y él se para a su izquierda, el maldito mp4 se calla y, en esa pausa, oye su voz decirle lo bonita que sos. Entonces, le cae la ficha a la vez que, por suerte, otra canción se inicia. Gira su cara hacia él y lo enfrenta, pero lo saltea inclinándose ligeramente hacia delante. Los focos en contra la iluminan mientras calibra sus posibilidades. Al fin, cruza rápida con la luz roja sin mirarlo siquiera un poquito. Y ahí le da el vértigo de su aislamiento, se siente ligeramente indefensa, expuesta, en peligro. ¿Se puede estar tan abstraída? ¿Se puede andar por este mundo, mientras más bien se anda por otro? ¿La puede seguir un tipo dos cuadras de manera tan demente y ella no darse cuenta de nada? Como un boomerang la escena vuelve a ella y la golpea donde más le duele (que es ella misma). No quiere que la miren, que la toquen, que le hablen. No quiere. No quiere. No quiere.