sábado, enero 12, 2008

glam

Se le fueron desconchando con los días, en eso, parejitas a las cosas con los años. Se las había pintado para el 31 y estaban lindas, efervescentes. Glam. Como si tuvieran polvo de estrellas en su fosforescencia. Aquella noche rindieron todo lo que tenían que rendir, es decir nada, dado que solo eran 10 uñas largas y pintadas. Pero para ella rindieron mucho, porque se las pintó así, de brillantina, para recordarse a sí misma que la noche es de fiesta. Y que no se precisa buscar consuelo en nada para nada, sino, simplemente, flotar. Y a eso se dedicó. A flotar con toda la brillantina posible; risa champagne y burbujas chin chin salud más burbujas más champagne más risas y, después, sola con la mesa vacía, en ese patio en el que ya todo había pasado salvo mirar la noche. Se acostó cuan larga es en la mesa y miró el cielo para descubrir que se veía cero estrella y trató de pensar en glam: observó la fosforescencia casi tóxica del esmalte y arremolinó, con un dedo, el brillo burbujeante de la copa. ¿Qué hacés, mamá? – aparece el chiquito- ¿Sos las miguitas? Mirá que te van a comer las hormigas, se ríe y sube, acostándose a su lado. ¿Y las estrellas, mamá?; se extraña el niño. Bueno - lo tranquiliza ella- acá hay mucha luz se ven menos que en casa. O están jugando a las escondidas. Sí, puede ser, querido. Juntos recuerdan a su casita en el bosque cuando salían a sentarse en el porche y estaba Orión en la puerta y los jazmines también parecían estrellas, y se acostaban después; él, niño y ella con el corazón apretado por un sentimiento de crónicas marcianas, mezcla de soledad y certeza, porque aunque todo estaba en su lugar había partes tan lejanas. Todo era tan seguro y tan huérfano, tan grande y a la vez tan pequeño. Y la deriva los trajo a donde están ahora. A este momento glam que insensiblemente va derivando hacia otra cosa. Por un instante, la invade un sentimiento de inmortalidad, simplemente porque mira el cielo, porque repite, una vez más, el gesto tan humano de buscar consuelo en el firmamento. Si todo fuese una película y hubiese estrellas – piensa - la mesa sería un bote y ellos, una constelación en el cielo infinito. Y fue enseguida después, al mirar nuevamente las uñas para hacerle un chiste al niño, que se dio cuenta de que el glamour se le había desconchado en el anular de la mano izquierda. Y, por debajo, se le veía la uña, descarnada, como si le hubieran arrancado un pedazo. Con los días se le fueron despedazando todas de una manera cruel que la hace parecerse a alguien que se come las uñas. Eso sí que nunca lo hizo, nunca fue ese ser triste y autófago que se consuela comiéndose a sí mismo. Cuando le crezcan se las va a pintar, para siempre, de celeste.