lunes, marzo 31, 2008

un pedacito de silencio

Está sentada ahí, con la copa en la mano, haciendo un gran esfuerzo para que no se note. Qué cansada está. De a ratos no puede ni pensar, sonreír, ser ingeniosa, simular una gota de interés. No puede. Tampoco siente un desinterés extremo, tal vez sea solo que quiere descansar medio minuto, mostrar su desazón frente a las cosas, hacer de cuenta que está sola. De a poco va ganando ese dejo de cansancio o de tristeza que evita siempre, porque las cosas debieran ser (seguramente son) de otra manera. Al fin, el tipo le pregunta: ¿te pasa algo o sos siempre así? Y ella, que podría haber dicho mil cosas, lo mira despacito y le dice “soy así” y con esa simple frase se libera, pero también se desnuda. Genera una intimidad dolorosa y cierta. Porque a veces es así y estar es estar en un lugar y ver, dividida y apartada, desde un punto próximo y lejano, del otro lado de una lámina, todo lo que pasa. Como si hubiese una membrana. De qué sonreír, con qué sonrisa, de qué copa beber, por qué de golpe la suya no se derrama ni se llena ni permanece vacía. Una copa siempre a la mitad precisa alguna forma de consuelo, una vida siempre a la mitad no puede darlo ni tenerlo. A pesar de todos los esfuerzos, hoy solo puede sostener el vidrio como si fuese un pedacito de silencio.

martes, marzo 18, 2008

postal marinera

Tanta hermosura en el lugar equivocado. Rocas, olas y viento y cielo. Cómo no disfrutar de todo eso, de la luz indefinible que en abril y marzo siempre guarda algo de cosa no mirada, porque es la luz que viene después. Así que están ahí como en una postal, el hombre y la vieja. El hombre es hermoso y la vieja, vieja. Él parado en el cemento mohoso y tapado por las aguas, ella sentada en los últimos escaloncitos de la bajada, después del granito. Cercanos al murallón, pero proyectados a un verano infinito. Aunque tal vez estar ahí sea la vuelta del verano, sobre todo para él, tan joven, tan bronceado. Lo que hay después de algún balneario, de quince días, veinte, un mes, de verdadero mar o verdadero cuerpo con todos los sentidos abiertos. El agua arrastra basura. Allí encallaron tres botellas de plástico, una chancleta, alguna bolsa de nylon, un condón y unas ramas verdes y largas, venidas quién sabe de dónde. Todo eso va y viene, desde casi el murallón hasta un poquito antes de los pies de la vieja que permanecen quietos y sienten. La vieja también está quieta con los zapatos en la falda y también siente. Igual siente el hombre que camina, que va y viene, desde la otra punta hasta la escalerita donde está ella. El agua es tan fresca; alegra. Y toda la escena tiene una alegría marinera. Sólo que esa agua es una lengua muerta. Sólo que están en el paisaje equivocado. Sólo que seguramente, ambos saben, hay otra realidad en otro lado. De pronto todo se parece a ese condón usado que va y viene jugando con la marea y los pies de la vieja. Una fina lámina, una delgada transparencia (un poco opaca) donde todo ya pasó y no hay nada. O, en una mirada extrema, tan sólo posibilidades muertas. Un paisaje así, manchado, necesita la piedad de una mentira: hagamos de cuenta que todo está limpio y tengamos nuestra moneda… qué bien pasamos en la Rambla, qué linda la mañana, qué linda el agua. Qué lindo aquel biguá que vuela.