viernes, abril 02, 2010

ni siquiera el gris

Las cosas poderosas generan su propio contexto. Basta la ausencia o la presencia de un árbol para darse cuenta. Sacaron los viejos árboles de una esquina vieja, los mataron con esa muerte lenta y seca de arrancarles totalmente la corteza. Los crucificaron. En la cruz, la estasis provoca asfixia y por asfixia se muere; en el árbol sin corteza se detiene la savia y sin savia se muere. Es una forma agónica de muerte, un ir desvaneciéndose. Mataron los árboles, los desaparecieron. Y ahora nada suena, ni siquiera el gris. No hay luz que se recorte ni susurro. No se ve el aire, ni se oye. La esquina está vacía. Sin resonancia. Tampoco suena algo en el corazón de la mujer que mira. Acaso acompañó la ausencia y está también desvanecido. Acaso perdió su corteza. Acaso sea su cruz o acaso sea la asfixia. La asfixia del aire que no llega. La misma asfixia en el aire sin aire de la tarde.

miércoles, marzo 10, 2010

réquiem

la mujer piensa en algo, así, de apuro, para que alguien no se convierta en el gato de cheshire. no va a decir que la noche es un gato, ni que la ventana tiembla, ni que el árbol simplemente sucede, ni que el vientito trae olor a pizza. hoy podría interesarse en lo cercano, en su propia esquina, pero no. va a hablar de otra y de a poco acuña la primera frase: las cosas poderosas generan su propio contexto. y con esa frase comienza: Las cosas poderosas generan su propio contexto. basta ver un árbol para darse cuenta y, cuando algo es así, su venganza es la ausencia. sacaron los viejos árboles de una esquina vieja, los mataron con esa muerte lenta y seca de arrancarles totalmente la corteza. los crucificaron. en la cruz, la estasis provoca asfixia y por asfixia se muere; en el árbol sin corteza se detiene la savia y sin savia se muere. Es una forma agónica de muerte. Es un ir desvaneciéndose, un ir perdiendo de a poco lo que se era. Mataron los árboles, los desaparecieron. Pero el árbol se venga con su ausencia. qué se puede mirar ahora? ahora que no hay follaje, ahora que nada cae como si pájaro, ahora que nada tiembla. lo único que hay es el peso de los troncos, erguidos y secos, grises, de una grisura enorme y triste. y el vacío que eso genera en su propio corazón.

viernes, noviembre 20, 2009

niña de esquina

Una esquina es doblar sin saber qué viene después. Estar en otro lugar, de pronto. Otro. A veces, sorprendente. Venir por ahí en una postal y sin saber encontrar la urgencia de otra cosa, un toque sublime o tal vez desesperado o sublime y también desesperado, cambiar abruptamente de escenario. Para ser justos con el momento habría que poner uno acá mismo, pintar toda una escena, así, completa. Pero; ¿cuál elegir? Tal vez la del paisaje menos pensado que muestra lo imposible en la mugre, el olor, la luz de las 7 y media de la tarde, los autos, las personas. La angostura de la vereda que no alcanza y se vuelve más angosta por el contenedor, por las olas o kilos de basura derramada. Y allí, como si estuviese en una orilla, la niña pequeña mojada de mugre. Al hurgar, bucea y ríe alegremente porque encuentra una caja, un deshecho de bombones, papeles ya chupados, corroídos, pero ella ríe y la muestra a su padre que dice sí con la cabeza. Entonces se entrega al goce y chupa uno a uno los dorados todavía húmedos de miasmas que le regala el mar, luciérnagas marinas, noctilucas que van tiñéndola de de luz. Y su risa de niña se vuelve agua de orilla y salpica. Una paloma inicia su vuelo corto de pájaro doméstico, como un ave enorme y blanca que buscara el cielo.

sábado, octubre 31, 2009

besos au chocolat

Hay una barrera que separa lo recordable del olvido y no hay cartel que la anuncie. Tal vez por eso mi vista sigue de largo y choca con la niña, tan pequeña. Indistinguible porque todo es igual o nada es diferente, y, sin embargo, como una sublimación de lo cotidiano, sus manos menudas estrangulan un poco más la calle estrangulada y sucia. Sucia como ella, claro, con su campera enorme que cubre de pies a capucha su poca carne entre tanta bolsa, tanta materia corroída, sus pies y tanta mugre. Tanta mugre y su manito que arranca una caja del contenedor y la abre. La caja es una boca sin dientes. Muestra un dorado bilioso, chupado ya, y en esa bilis la niña encuentra chocolate. Lascas en un dorado raído. Pero ella se alegra. Ríe al encontrar la caja y la muestra a su padre que dice sí con la cabeza y tal vez no con el corazón. Entonces la niña lame cada envoltorio, los chupa uno a uno. Se entrega al placer como si estuviera dando y recibiendo un beso. En cada envoltorio penetra el cuerpo de otro, lame, abreva. Amalgama con otra saliva la suya. Acaricia. Se nutre. Después alisa y pega los dorados en una vincha que lleva como poniendo piedras en la corona de reina de su infancia.

domingo, septiembre 13, 2009

en la trama

Allí en el ómnibus es un hilo más del tapiz urbano que combina los hilos más disímiles con el dorado del deseo. El hilo dorado que la sigue, las hebras de las miradas masculinas más diversas detenidas sobre ella. Esta vez la trama muestra apenas un corazón dibujado en su vidrio. Y de un lado está su cara que le sonríe al hombre y del otro el hombre, el limpiavidrios con su pequeño lampazo. La espuma gris va tejiendo el corazón atravesado que permanece, testimonio del juego, pintado en su ventanilla. Cómo será la sombra del corazón iluminado por la tardecita en su propia cara, cuánto durará esa marca. Las demás ventanillas son silencio hasta que unas cuadras después no quedan cara, corazón ni flecha. Tan sólo unas manchitas de la sucia espuma de lo fugaz y un asiento vacío.

viernes, marzo 27, 2009

entre paréntesis

No es tristeza, sino abstracción lo que hay en ella. El escalón de mármol de la entrada no puede contenerla y la muestra en su enorme soledad. La mujer, con paciencia de autómata, desmenuza un empaque de espumaplast y las migas caen sobre su falda. Lluvia pertinaz o espuma o nieve o su propia soledad que resulta en esa blancura deshecha, ligera. Es una blancura fina y plástica que le llena las manos, la falda, las piernas y que como espuma puede volar ligera, irse hacia otro lado. O tal vez esa blancura sea su pasado o su futuro o algo que se deshace así nomás para sentir el murmullo de lo roto, del cuerpo solo. O tal vez no sea sino desmenuzar el tiempo o la nada. La simple espera del momento siguiente. La calle se sucede frente a ella, que permanece única y ajena desmenuzando esa blancura que de a poco disuelve la vereda.

sábado, enero 31, 2009

Las condiciones del buen sapito

Las condiciones del buen sapito son cinco. La primera es la excelencia de la piedra. La segunda, que el aire tenga determinada cualidad. La tercera, que la piedra vuele paralela al agua. La cuarta, que la superficie del agua cobre determinada dureza. La quinta, que al final la piedra se hunda suavemente.