viernes, noviembre 20, 2009

niña de esquina

Una esquina es doblar sin saber qué viene después. Estar en otro lugar, de pronto. Otro. A veces, sorprendente. Venir por ahí en una postal y sin saber encontrar la urgencia de otra cosa, un toque sublime o tal vez desesperado o sublime y también desesperado, cambiar abruptamente de escenario. Para ser justos con el momento habría que poner uno acá mismo, pintar toda una escena, así, completa. Pero; ¿cuál elegir? Tal vez la del paisaje menos pensado que muestra lo imposible en la mugre, el olor, la luz de las 7 y media de la tarde, los autos, las personas. La angostura de la vereda que no alcanza y se vuelve más angosta por el contenedor, por las olas o kilos de basura derramada. Y allí, como si estuviese en una orilla, la niña pequeña mojada de mugre. Al hurgar, bucea y ríe alegremente porque encuentra una caja, un deshecho de bombones, papeles ya chupados, corroídos, pero ella ríe y la muestra a su padre que dice sí con la cabeza. Entonces se entrega al goce y chupa uno a uno los dorados todavía húmedos de miasmas que le regala el mar, luciérnagas marinas, noctilucas que van tiñéndola de de luz. Y su risa de niña se vuelve agua de orilla y salpica. Una paloma inicia su vuelo corto de pájaro doméstico, como un ave enorme y blanca que buscara el cielo.

sábado, octubre 31, 2009

besos au chocolat

Hay una barrera que separa lo recordable del olvido y no hay cartel que la anuncie. Tal vez por eso mi vista sigue de largo y choca con la niña, tan pequeña. Indistinguible porque todo es igual o nada es diferente, y, sin embargo, como una sublimación de lo cotidiano, sus manos menudas estrangulan un poco más la calle estrangulada y sucia. Sucia como ella, claro, con su campera enorme que cubre de pies a capucha su poca carne entre tanta bolsa, tanta materia corroída, sus pies y tanta mugre. Tanta mugre y su manito que arranca una caja del contenedor y la abre. La caja es una boca sin dientes. Muestra un dorado bilioso, chupado ya, y en esa bilis la niña encuentra chocolate. Lascas en un dorado raído. Pero ella se alegra. Ríe al encontrar la caja y la muestra a su padre que dice sí con la cabeza y tal vez no con el corazón. Entonces la niña lame cada envoltorio, los chupa uno a uno. Se entrega al placer como si estuviera dando y recibiendo un beso. En cada envoltorio penetra el cuerpo de otro, lame, abreva. Amalgama con otra saliva la suya. Acaricia. Se nutre. Después alisa y pega los dorados en una vincha que lleva como poniendo piedras en la corona de reina de su infancia.

domingo, septiembre 13, 2009

en la trama

Allí en el ómnibus es un hilo más del tapiz urbano que combina los hilos más disímiles con el dorado del deseo. El hilo dorado que la sigue, las hebras de las miradas masculinas más diversas detenidas sobre ella. Esta vez la trama muestra apenas un corazón dibujado en su vidrio. Y de un lado está su cara que le sonríe al hombre y del otro el hombre, el limpiavidrios con su pequeño lampazo. La espuma gris va tejiendo el corazón atravesado que permanece, testimonio del juego, pintado en su ventanilla. Cómo será la sombra del corazón iluminado por la tardecita en su propia cara, cuánto durará esa marca. Las demás ventanillas son silencio hasta que unas cuadras después no quedan cara, corazón ni flecha. Tan sólo unas manchitas de la sucia espuma de lo fugaz y un asiento vacío.

viernes, marzo 27, 2009

entre paréntesis

No es tristeza, sino abstracción lo que hay en ella. El escalón de mármol de la entrada no puede contenerla y la muestra en su enorme soledad. La mujer, con paciencia de autómata, desmenuza un empaque de espumaplast y las migas caen sobre su falda. Lluvia pertinaz o espuma o nieve o su propia soledad que resulta en esa blancura deshecha, ligera. Es una blancura fina y plástica que le llena las manos, la falda, las piernas y que como espuma puede volar ligera, irse hacia otro lado. O tal vez esa blancura sea su pasado o su futuro o algo que se deshace así nomás para sentir el murmullo de lo roto, del cuerpo solo. O tal vez no sea sino desmenuzar el tiempo o la nada. La simple espera del momento siguiente. La calle se sucede frente a ella, que permanece única y ajena desmenuzando esa blancura que de a poco disuelve la vereda.

sábado, enero 31, 2009

Las condiciones del buen sapito

Las condiciones del buen sapito son cinco. La primera es la excelencia de la piedra. La segunda, que el aire tenga determinada cualidad. La tercera, que la piedra vuele paralela al agua. La cuarta, que la superficie del agua cobre determinada dureza. La quinta, que al final la piedra se hunda suavemente.

domingo, enero 11, 2009

una fisura

Angustia verlo, porque es un pedazo de maravilla vencida. Entre tanto detalle cotidiano, parece otro detalle más. Pero no, visto de cerca es algo venido de otro mundo: un murciélago. Tiene la boca llena de sangre, las alas plegadas y el terciopelo del cuerpo resumido. A pesar de su nitidez, nadie parece verlo. Tal vez eso sea lo peor, la inadvertencia. La amenaza del golpe, el pisotón, las patadas que lo vayan desplazando de aquí para allá, como un pinball entre demencial y aburrido jugado por un ciego. No es más que un murciélago - está dicho-, pero tiene un aire de grito, arrastra algo nocturno y cavernario. Al morir tal vez hurgaba el cielo y lo acogió la noche. Después fue el abismo en la vereda. Allí permanece, expósito y ajeno, bajo el cielo celeste del último diciembre. Angustia tanto verlo que resulta ser una pedrada de silencio.

jueves, diciembre 18, 2008

perder la luz

Sólo yo puedo seguir el hilo invisible, sobre todo porque no existe. Porque todo lo que veo no son más que sentimientos que me van ganando. Primero, en la esquina del Solís, el murciélago. Su cuerpo parece un pedacito más de mugre, pero es un cadáver y me da lástima. Morir así, en un lugar impropio. Tiene la boca llena de sangre, las alas plegadas y el terciopelo del cuerpo resumido. Y nadie lo ve, además. Y esa es la punta del ovillo que sigue después en el cabildo: contra la pared las manos, las piernas abiertas, los pies descalzos, zapatillas a un lado y por el aire, todavía cayendo, cositas, papelitos que se sacan del bolsillo y están también los cinco policías que rodean la escena, mientras otro va palpando las piernas. De espaldas a la calle los dos asumen la posición. Varones, en edad y condición de merecer el miedo y la sospecha o, tal vez, directamente delincuentes. Después, llego al Museo, el Gurvich. A la sala fría y silenciosa que se ilumina cuando entro y me muestra los iconos - griegos y rusos del siglo 15 al 19-. Valen la pena. Vale la pena ver la humildad brutal de la madera (ay las rizas!, cómo molestan), la pincelada gruesa en algunos, en casi todos la imperfección sin luz de la figuras. La historia de Jesús en pequeños cuadritos de historieta, viñetas con fondos dorados u oscuros. Oscuros, así como de oscura es la piel de la virgen (cetrino él, cetrina ella) y el niño, Jesús, es tremendamente viejo. Parece un enano. Cómo hablar de su cara lejos de la ternura de la infancia, nada de angelito regordete de rizos rubios y mirada celeste, más bien una figura plana, estática, de ojos oscuros y cara vieja. No hay ternura en su rostro ni en sus ojos, hay dolor. Y en aquel otro icono es tan flaco su cuerpo. Y en esta otra imagen tienen algo los dos, no sé, angustiado y cubista. Como un anticipo de lo roto. Y en otros la piel lisa se agrieta, se va resquebrajando la pintura. Después la Matriz, la Catedral. Y tal vez porque vengo de la intimidad del museo adentro de la iglesia ninguna imagen está cerca. Todo cristo es lejano y alta toda virgen y, sin embargo, la mirada no puede escapar: siempre el relato cristiano, siempre la misma cruz. Tanta voluntad organizada es, por inflexible, siniestra. Solo yo miro. Los demás reclinan la cabeza o si son turistas sacan fotos sin mirar. Solo yo miro. Y estoy segura de que si alguien me mirara vería mis ojos claros volverse negros. No es inocente el negro, no es así nomás perder la luz.