domingo, septiembre 23, 2007

el mendigo en la puerta

Tiene algo de piedra. De piedra densa, pero es un mendigo sentado en la entrada de una puerta. No pestañea, no cierra los ojos, no borra el mundo, la gente, la calle, la vereda, su propia mugre, el portal donde se sienta. Es pura presencia y sin palabras parece que dijera: toda casa tiene su pobreza, su mendigo en la puerta, la mano que pide. Su miseria.

viernes, septiembre 14, 2007

tres momentos

Como un actor hasta entonces ignorado apareció de golpe en el escenario. Su sombra, encarnada en un miserable, se acercó a la mujer que caminaba. ¿Tenés unas monedas? ¡Ay! no tengo … dijo ella tan mentirosa, tan amable, tan llena de esa cortesía dadivosa y ligeramente imbécil. ¿Y un beso? pregunta el mugriento, con los ojos entrecerrados mientras hincha un poco labios y mejillas, como si fuera a inflar un globo, haciéndose el gracioso. Y lo es un poco, pero imperceptiblemente cambian las luces de la escena. Lo miró por un momento, dos momentos, tres. Tres momentos le fueron necesarios para darse cuenta. Y se sintió extraordinariamente cansada porque se vio morder con amargura el pan de su propia miseria. Y triste de verdad, muy triste y muy vencida, muy sola, inerme, amarga, desolada, le sonrió y dijo lo único cierto… no amigo, de ésos ya no me quedan. ¿Amigo? ¿Amigo?… así le dijo y por eso y por todo lo sentido fue una indigente más en la vereda. Después cada uno siguió su camino, cada quien siendo quien era. Pero la amargura quedó en su boca como una bacteria.

jueves, septiembre 13, 2007

falsa canguro

Lo lleva como falsa canguro y como falsa canguro se encorva por el peso. Es demasiado grande para la sillita de bebé, para el contacto estrecho. Aún así lo hace. Y mientras pueda lo seguirá haciendo, porque él es su mejor argumento. Cautivo del juego, el niño se revuelve, apoya las manitos en el pecho, empuja. Lo inmovilizan. Gira la cara hacia un lado y pretende, otra vez, separarse. Lo inmovilizan de nuevo. Toda vez que se mueve una fuerza mayor y contraria anula el efecto de su movimiento. Apretado, solloza. Solloza y lo aprietan. Al fin, se queda quieto. Sólo sus ojos se mueven mirando todo aquello que resulte pasajero. Mientras tanto la mujer reparte estampitas y pide con voz doliente: algo de enfermo, dice, algo de sola no puedo. Sí, algo de enfermo tiene toda la escena. Es una ola devastadora (como toda violencia) y, sin embargo, también es parte de una marea que insensiblemente todo lo anega.

martes, septiembre 11, 2007

la reina de la mugre

En la vereda, arrodillada al borde de las manchas de sangre, muestra al cielo la costra impenetrable de sus talones cuarteados. Cuarteados igual que el día, ahora. Ahora que murió el gato. El primer amanecer primaveral después de tanto frío. Enfiló, encorvada y reina de la mugre, por Durazno hasta que tropezó con la sangre y descubrió, oculto en un tragaluz al nivel de la vereda, un gato babeante, tembloroso, doliente, echado en el rincón donde sufrir. Sufrir, con humildad de bestia, sin saber qué está pasando. Sin saber, es cierto, pero ella ve en su mirada el dolor y la muerte, la sorpresa, la indefensión, el desconcierto. Parece que el gato preguntara y quiere protegerlo, lo agarra y lo aprieta contra su pecho. Quién sabe si fue al moverlo, pero el gato vomita y muere entre sus brazos. Así permanece un rato, arrodillada, abrazando el cuerpo vacío, sin saber bien por qué pasan las cosas. Pero hay en su mirada el dolor y la muerte, la sorpresa, la indefensión, el desconcierto.Y reza, reza con humildad de bestia. Pregunta mudamente con sus talones implorantes, implorando al cielo que venga Dios y la cuide a ella. Pero no hay Dios que le conteste. Y si lo hubiera, ella es la reina de la mugre. El vómito sólo son unas manchas más en su ropa negra.

viernes, septiembre 07, 2007

entre el cementerio y el mar

Podría estar ahí, entre el cementerio y el mar, como una ventana semiabierta entre dos mundos. Como parte del paisaje de la rambla. Como una cortina vencida por el viento. Podría ser joven o viejo. Podría ser un resto. Podría tener el alba en la cara y las manos rotas por la intemperie que habría tocado. Podría haberle partido la boca el calor del primer sol. Podría estar caído ahí mismo, insensible, de verdad, en el sopor absoluto del borracho. Pero; ¿dónde está y cómo reconocerlo? Ante la mirada sólo hay una escena y es la de su ausencia. Lo único visible es, antes o después del verde que sube o baja por la ladera del cementerio, una botella vacía prolijamente dejada en el murito y al lado, o un poco más lejos, en un hoyo, los zapatos. Dos zapatos de hombre. Despojados. Abandonados. Nada más. Muda, la escena se ofrece desolada.

un segundo de discovery

Es negra y musculosa. Camina por una calle encharcada sin veredas ni pasto: periferia montevideana miserable y pura. La pollera de cuero, negro y rugoso, la cubre perfectamente hasta terminar las nalgas. Parece de la misma piel que sus piernas, entonces anda vestida y desnuda. Quién sabe qué de su textura, entre el cuero de la pollera y el paisaje terroso, recuerda a la piel del rinoceronte. Debería resultar tan extremadamente barata como para ni siquiera llegar a puta, pero no. La distingue su aire animal. Es un aliento de vida salvaje. Un segundo de discovery, colándose por la ventanilla del ómnibus, en la realidad.

perfección

La negación continua se parece a la gota que horada la piedra y hoy es el día para encontrar una verdad cualquiera. Advertir de golpe, por ejemplo, que el pan en la mesa se llama pan por mera costumbre, pero debiera nombrárselo fracaso. La costumbre es una cara más de lo invisible y Costumbre debe ser el nombre de esa mujer cualquiera y vieja que cruza la plaza Libertad con la mano extendida. En su invisibilidad es perfecta. Perfectamente sucia y vestida de negro.