lunes, noviembre 26, 2007

un día cualquiera

Son las 8 AM en Cuareim entre 18 y Colonia y el tipo está en su mundo, en la isla de su propia condición, sentado en la vereda. No lo habrá hecho él, pero tiene sobre sus piernas un contenedor gris (de los chiquitos) arrancado de cuajo del mobiliario urbano y lo va vaciando como si estuviera en un picnic. Y tira de una punta y algo sale, un papel que parece una servilleta sucia, manchada, usada. Carcomida, de la fiesta de anteayer o de antes, como la mano que tira y ambas imágenes salieran del fondo de un bolsillo, una cartera. La mano y el papel un mismo deshecho que otra mano arroja en la basura pública. Pero no, no. No es algo que podría haber quedado en un bolsillo después de una fiesta, es un tipo sentado en la vereda revolviendo la basura de todos en su propia y particular mesa. Una imagen imposible, aunque cierta. Tan cierta como el hambre que se extiende a la comida, el hambre que se extiende un poco más hasta el alimento inalcanzable. El alimento, el pan que falta cada día. El hambre sin sobra y sin comida es un hombre que, estilizadamente, porque su gesto es estilizado y tiene la precisión de la locura, arroja a la vereda los pedacitos raídos de su empeño, la basura, los deshechos.

viernes, noviembre 16, 2007

palabras enormes y tanta miseria

Se retrae como quien ve venir una piña. No hay palabras que puedan decir tanta crudeza y tampoco sabría decir por qué es tan crudo verla. Ni si le pasaría a todos. Para ella es un golpe hecho mujer que camina por la calle Bartolomé Mitre y se le acerca, tan marcada, tan necesitada, mendiga de una juventud que a fuerza de su poco uso es terminal y breve. La ve venir y se retrae, trata de zafar porque de verdad no quiere oír. No la soporta. Ni siquiera verla. No quiere. Al fin se rinde. Después de todo el golpe ya lo dio con su mera presencia. Será que otra vez es un fantasma, será que se distingue del resto de los miserables porque en algún punto, aunque también se impone una distancia, se parece más a quienes no lo son. Podría ser ella o su hijo o su amiga del alma o su hermana o tal vez una conocida o una ex compañera de escuela, por ejemplo, o de liceo. La atiende y le oye decir “no tengas miedo, yo jamás te haría daño”. Miedo, yo, jamás, daño… Palabras enormes y tanta miseria.

lunes, noviembre 05, 2007

tres gorriones, dos palomas, dos gallinas

Fue hoy, el día después de la tormenta, cuando fueron a la rambla y encontraron los pajaritos muertos, tres gorriones con el pecho alzado al cielo, dos palomas, dos gallinas rodeadas de maíz. Ayer ella vio en la vereda dos pies descalzos, apoyados, tirados así nomás, medio derrotados. Y los pies continuaban en una mujer parecida a ellos. A esos pies descalzos en la vereda. Y después de todo, ¿qué problema? Si la mujer estaba ahí tomando mate, esperando que abrieran la puerta del refugio en mercedes entre yi y cuareim, rodeada de otras tantas parecidas. Pero sus pies eran algo único y vencido. Y ahora que ve los pájaros recuerda su forma brutal y sola, como de cosa abandonada o pajarito muerto, relámpago de soledad, tal vez, o tal vez nada. Más tarde, cuando llegan a la casa él se sienta frente a ella. Ella lo mira un ratito (siente ternura ante su rostro que le es tan conocido) y después levanta los pies y los apoya en sus piernas Uno en cada pierna. Él los toma con sus manos y les hace masajes, así, despacito, empieza por las puntas, el empeine, los tobillos y de nuevo las puntas. Así y así, de la forma en que sabe él a ella le gusta, mientras los pies se deslizan quietos, porque de esa manera, quietamente, se deslizan hacia el centro y allí presionan, suaves. Él mantiene los ojos cerrados. Ella mira. Siente sus pies entre esas manos. Los ve dejar su huella en el cuerpo del hombre. Los ve entre esas manos que van extendiendo las caricias, los ve continuarse en ella, una mujer estremecida, pero seguro puede ser también un pajarito muerto, una figurita inerme y repetida, tres gorriones, dos palomas, dos gallinas. Él abre los ojos y la mira. Una mujer que se abandona en una vuelta cualquiera de la vida.

viernes, noviembre 02, 2007

taconeando

Últimamente le pasa eso que se llama insomnio. A veces se viste y sale a caminar de madrugada, en la ciudad distinta. La ciudad de oscuros y vacíos. O casi. Y el casi es un momento de mayor indecisión, de mayor peligro, pero no siempre; a veces ni los perros aparecen en la cita. En esa cita que tan siquiera es consigo misma. Con nadie. Con el simple afán de atravesar el espejo, de pasar al otro lado, dejar el vidrio para atrás, las apariencias, el azogue. Y poder ver, aunque sea lo mismo, de forma diferente. Claro que eso le puede traer algún problema, sobre todo ahora que se puso los zapatitos que le regaló su amiga. Son unos zapatitos tipo minnie con un taquito cómodo para caminar. Son nuevos o casi, pero a su amiga le quedaron chicos y aunque a ella, un poco grandes; le parece que no tanto y después de todo tampoco va a caminar demasiado. Lo que sí recién ahora se da cuenta, es que los tacos son ruidosos. Un poquito, es cierto, pero en el silencio nocturno parecen tambores redoblados. Y los pobres también duermen y a veces duermen de noche y en la calle y lo que pasa sobre el cordón repercute en las paredes. Al final termina sintiéndose extranjera. O casi. Percibe una manta apretada contra una pared, un rebujo apretado de mugre, un nylon que se mueve, un perro en un revoltijo de dos, tres con él. Un par de cuadras más y otro bulto. Lo hurga un poquito con los ojos, pero no demasiado. Es un hombre. Joven. Ahí nomás. Tirado. Ofrece al cielo su cara, su indigencia, su vigor masculino, probablemente en un letargo que no permitiría nada, pero igual si así no fuese está solo y no hay nadie. Nadie que aproveche. Alguien parecida a ella, por ejemplo, que calzara unos heredados zapatitos de minnie y entonces el taconeo absurdo y redoblado podría ser otra cosa. En vez de un sonido en retirada, podría acercarse, por ejemplo, y ser parte de un lúbrico tam-tam entre indigentes. Vuelve al territorio uniforme de su casa caminando en puntas de pie, como una extraña. Se saca los zapatitos y suspira, cree que mañana va a tener ampollas. Y sí, solo ella camina con zapatitos que le quedan grandes, al fin los va a tener que dar. Si quiere seguir haciendo sus correrías nocturnas va a tener que invertir en championes… esconderse, disfrazarse. Tal vez lo mejor sea no salir más y armarse un escenario fantasmal en la cocina encendiendo las hornallas y bailar, sola y descalza, las peores canciones, pero enchufada al ipod para no molestar a nadie.