jueves, mayo 08, 2008

tan iguales y tan distintos

Tan iguales y tan distintos. Se los compró por eso. Tal vez sea la dulzura de la tela o los colores. O tal vez sea las dos cosas. Y le gusta más la sensación que le depara el enorme, porque es tan grande que la deja chiquita y, además, porque el roce es diferente y la suavidad de la tela se parece más a la de una mano recorriendo el cuerpo, y eso cree sentir cuando lo usa: que está en manos de otro, que hay alguien que la envuelve. Envolvente, como puede ser la memoria, a veces, cuando funciona y trae un pedacito de algo que quedó en el pasado, pero está también en el presente. Ese sentimiento único de ser acariciada, tan parecido a un amor sin condiciones, tan parecido a sentirse niña, tal vez, arropada en una cama. Tal vez eso fue lo que la llevó al tango: el deseo de ser abrazada. Eso piensa ahora, mientras con sus amigas mira a las parejas que bailan y mira a todos y cada uno de los hombres, porque el ojo le desarrolló ese oficio, el oficio de mirar. Y los mira a todos. A todos los que le pasan por delante y van a bailar con otra, a la que sacan como podrían sacarla a ella. Sólo que nadie la elige. Y allí, en la penumbra incierta en la que está sentada, le vienen a la mente y se da cuenta de que si los compró fue sólo por eso. De pronto le llega antes la madrugada, porque le dan ganas de irse y ya en la calle levanta el cuello de la campera y se encoge un poquito por el frío. Con el rabillo del ojo ve otro cuerpo que pasa mucho más encogido, levantándose el cuello de la nada que lo abriga y le vuelven a la mente, porque si algún día ella tuviese que hacer su hato, su bolsa de mendiga, los pondría a ellos, tan suaves y calentitos, y los vería degradarse lentamente en la soledad incesante de la calle. Jirones, entonces, o tal vez recuerdos descartables. Y vuelve a pensar que los compró por eso, porque son tan iguales y tan distintos a los camisones que usaba de niña.