jueves, diciembre 18, 2008

perder la luz

Sólo yo puedo seguir el hilo invisible, sobre todo porque no existe. Porque todo lo que veo no son más que sentimientos que me van ganando. Primero, en la esquina del Solís, el murciélago. Su cuerpo parece un pedacito más de mugre, pero es un cadáver y me da lástima. Morir así, en un lugar impropio. Tiene la boca llena de sangre, las alas plegadas y el terciopelo del cuerpo resumido. Y nadie lo ve, además. Y esa es la punta del ovillo que sigue después en el cabildo: contra la pared las manos, las piernas abiertas, los pies descalzos, zapatillas a un lado y por el aire, todavía cayendo, cositas, papelitos que se sacan del bolsillo y están también los cinco policías que rodean la escena, mientras otro va palpando las piernas. De espaldas a la calle los dos asumen la posición. Varones, en edad y condición de merecer el miedo y la sospecha o, tal vez, directamente delincuentes. Después, llego al Museo, el Gurvich. A la sala fría y silenciosa que se ilumina cuando entro y me muestra los iconos - griegos y rusos del siglo 15 al 19-. Valen la pena. Vale la pena ver la humildad brutal de la madera (ay las rizas!, cómo molestan), la pincelada gruesa en algunos, en casi todos la imperfección sin luz de la figuras. La historia de Jesús en pequeños cuadritos de historieta, viñetas con fondos dorados u oscuros. Oscuros, así como de oscura es la piel de la virgen (cetrino él, cetrina ella) y el niño, Jesús, es tremendamente viejo. Parece un enano. Cómo hablar de su cara lejos de la ternura de la infancia, nada de angelito regordete de rizos rubios y mirada celeste, más bien una figura plana, estática, de ojos oscuros y cara vieja. No hay ternura en su rostro ni en sus ojos, hay dolor. Y en aquel otro icono es tan flaco su cuerpo. Y en esta otra imagen tienen algo los dos, no sé, angustiado y cubista. Como un anticipo de lo roto. Y en otros la piel lisa se agrieta, se va resquebrajando la pintura. Después la Matriz, la Catedral. Y tal vez porque vengo de la intimidad del museo adentro de la iglesia ninguna imagen está cerca. Todo cristo es lejano y alta toda virgen y, sin embargo, la mirada no puede escapar: siempre el relato cristiano, siempre la misma cruz. Tanta voluntad organizada es, por inflexible, siniestra. Solo yo miro. Los demás reclinan la cabeza o si son turistas sacan fotos sin mirar. Solo yo miro. Y estoy segura de que si alguien me mirara vería mis ojos claros volverse negros. No es inocente el negro, no es así nomás perder la luz.