El cielo está bien celeste y contra él se estremecen las hojas, se estremece el árbol para mostrar el viento. Hay un desaliño contumaz en los senderos, un cierto descuido que engaña como si fuera de otoño, pero, aunque alguna hoja caiga, es verano y el descuido es crónico. Se escucha de lejos, bajo la forma del pasar de un ómnibus, el sonido de lo normal. También adentro se repite el descuido, la alfombra está raída, el biombo es apenas una extensión inútil que deja ver todas las señales del fuego: la pared llena de hollín, el negro. El negro, un manto de carbonilla sin figuras que se extiende a las fauces del crematorio. El negro, expresión máxima del silencio. Alguien repite palabras frente a él, pero no hay llanto, todavía. Solo hay un cajón y unas pocas personas ya, la mayoría, ajadas. Toda la escena se contiene, aunque se está en el horror. Una persona ha muerto asesinada. Una vieja. Desde los doce la mejor amiga de esa otra que contiene su desconsuelo con palabras. Es más que desconsuelo, es otra cosa. Un sentimiento indecible a pesar de los intentos. Al fin, un temblor del cuerpo delata la intensidad de aquello que se siente. Se aguanta un sollozo, dos, tres, la vida toda pasa por la mente (los recuerdos tiemblan como si fueran hojas); desde los doce juntas, lo que era Chiquita y morir así, asesinada. Entonces, tal vez porque la frase conjuga lo tierno de la infancia (Chiquita) y la crueldad con que llegó la muerte (asesinada), por fin la vieja llora. Se apoya en su hija y llora. Y la hija contiene ese manojito de espanto entre los brazos.
domingo, febrero 10, 2008
sábado, febrero 09, 2008
anamorfosis
Hay profesiones que se prestan a la melancolía. La del guarda es una de ellas. En la grisura o la simpleza del oficio surgen pocas preguntas, pero hoy, la mujer se pregunta cómo pudo la ciudad ser tan cruel y convertirla en guarda. Sentada, de espaldas a una ventanita imposible, viaja todo el día sin moverse. Gira en una noria infinita y lo que ven sus ojos fijos es siempre el transcurrir, el pasaje indistinto, la monotonía brutal de los cuerpos. Hace un poquito de co-piloto es cierto, pero el responsable resulta siempre otro. En fin, extender la mano para dar y recibir es todo su secreto, todo su oficio. Tal vez porque nunca pensó en su destino es que está ahí, ocupando el trono gris, con sus kilos de más y su barbita rala. Un manojo de kilos que no puede controlar y un manojito de pelos que al principio se sacaba, pero al que se acostumbró con el tiempo o más bien un día, el vidrio de enfrente le mostró su propio rostro. Y fue ese el día en que, como una tragedia consumada, descubrió su rictus de guarda. Entonces le cayó la ficha y no se preocupó más. También ese día abandonó los Siempre Libre (la verdad que cambiar el higiénico era difícil), se compró un paquete de Plenitud y se aguanta tranquilamente con un pañal todo el horario de trabajo. A veces gira un poquito el cuerpo para olisquear el aire que le sacude la nuca cuando entra por la ventanita imposible y la asalta por atrás, pero tampoco se molesta demasiado. Después de tantos años ya sabe que ese vientito es un fuego fatuo. Otra más de las señales que quedan, apenas entrevistas, en la borra del café.
lunes, febrero 04, 2008
24 de diciembre
Podría ser la misma esquina de siempre si no fuese porque parece una excrecencia de las Sombrías aventuras de Billy y Mandy. A veces es más sombría, a veces, menos, pero el conteiner está ahí, amenazante siempre. Semiabierto rezuma, como una caries, podredumbre y todo el resto, sumisamente, lo acompaña. Entonces la mujer, para no ser tan sumisa, cruza y más esta nochecita del 24 de diciembre, en la cual no quiere andar pisando mugre. Le tiene miedo a ese contenedor. A veces sospecha de él, porque lo va invadiendo todo. Podría ser un link, la interfase a una dimensión inversa, una ficción, sin duda. Sin embargo, no hay ficción que no tenga asiento en la realidad real. Un ruido le avisa y ve elevarse un poco la tapa rota, verde, pesada. Una imagen del inframundo se cuela. Ante sus ojos aparece un Papá Noel. Flaco, oscuro, sucio, hambriento; si la luz dejase verlo, una sombra sin dientes, un disfraz sin personaje, una mueca. De esquina a esquina le grita feli navidá, amiga. ¿Quién sabe? Tal vez cada ciudad genere el Papá Noel que merece.
domingo, febrero 03, 2008
2 de febrero
La arena está crepuscular y fresca, llena de luces y sombras, de huecos. En la mezcla, todas las huellas son la misma huella y también fugaz y múltiple el paisaje se repite en pequeñas escenas y santuarios. Se cavan pozos y se encienden, temblorosas, las velas de la fe. Un niño abraza las piernas de su madre y su madre abraza a Iemanjá, buscando lo mismo que su hijo: fe y consuelo. Ruega, con unción, por fe y consuelo, el pan de cada día negado cada día. Así todos o casi. Así también el sol, empeñado en llegar, partido por las nubes; un rayo, dos rayos, tres, vistiendo lo bonito de la escena. Desde algún lugar se sacará la mejor foto… tal vez, si se puede, el barquito de espumaplast celeste y blanco en primer plano y en otro, mucho más distante, el transatlántico aquel que, ajeno a todo, leva y como un sueño se acerca al horizonte. Y media hora después, cuando uno da la espalda, al irse, al alejarse, se irá dejando para atrás, de a poquito, como parte de algo que se olvida, el propio pie mezclado con los otros, la frescura de la arena, el mar, la luz, el mar de gente. Y siguiendo quedan, también para atrás, los gritos y las risas de la rueda gigante, la alegría de las mil vueltas en el parque, el tren fantasma semivacío, anticipo de las calles que ya con paso único se enfrentan y el primer contenedor donde la basura se macera.
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